Abderramán II, emir de al-Andalus (personajes reales)

Abderramán II era el hijo de al-Hakam I. Pertenecía a la dinastía de los omeya, cuyos supervivientes tuvieron que huir de Damasco ante la matanza de omeyas que sus enemigos abbasíes estaban realizando. Sólo uno logró salvarse y llegar a al-Andalus: Abderramán I, el bisabuelo del protagonista de este artículo.

El motivo de dedicarle un artículo a este emir de al-Andalus está más que justificado, ya que fue él el que ordenó la construcción de una nueva ciudad, la que ahora conocemos como Murcia y que, en tiempos medievales fue llamada, entre otros apelativos, Mursiyya o Mursiya (según el historiador al que consultes con una “y” o con dos). Precisamente por eso es personaje destacado en mi novela histórica “Mursiyya, El talismán del Yemení“, editada por Dokusou ediciones.

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Abderramán II vivió y gobernó durante gran parte del siglo IX. Era alto y corpulento, de piel muy morena, ojos muy negros y marcadas orejas, que se acompañaban de nariz aguileña. Llevaba barba muy larga. Accedió al trono a la edad de treinta años y una de las primeras cosas que tuvo que hacer fue enfrentarse a la guerra civil que estalló en la cora de Tudmir (actuales provincias de Murcia, Albacete, Almería y Alicante aproximadamente).

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Fue un gobernante muy interesado en engrandecer su reinado mediante el boato, la cultura y otros signos que lo distinguieran de otras cortes y le acercaran en importancia a la de Bagdad, su referente principal. Es por eso que este emir potenció fuertemente la cultura en al-Andalus, trayendo a grandes sabios, artistas y científicos de su época y fomentando una gran biblioteca. Incluso él mismo cultivó la poesía.

El emir Abderramán II tenía un enorme gusto por el canto y la música desde antes, incluso, de su llegada al poder. Y esto era sabido por todos. De hecho tenía en su corte a varios de los mejores cantantes con salarios de diez dinares mensuales, entre los que destacaban el judío Abu Nasr Mansur ibn Abi l-Buhlul, Abu Ya’qub, Hasan al-Qarawi y Hasan al-Hilli… hasta que llegó Ziryab, al que puso un sueldo de doscientos dinares al mes provocando algunas envidias entre el resto de artistas. Pero esa es otra historia. A lo que iba: le gustaban tanto los cantantes que además del sueldo que les ponía les hacía regalos diversos y los prefería por encima de sus esclavas cantoras, por considerarlos a ellos superiores en dicho arte.

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Se rodeó de personas de su confianza por las que se dejaba influenciar, como el intolerante alfaquí Yahya ibn Yahya, el gran cantor bagdadí Ziryab, la concubina Tarub y el eunuco Nasr. Todos estos personajes también aparecen en mi novela “Mursiyya; el talismán del Yemení” y se puede observar en la trama su papel en las decisiones del emir. A continuación os muestro un ejemplo de cómo algunos de estos personajes ejercían su influencia sobre el hombre más poderoso (o no, si nos atenemos a dichas influencias que dotaban también de gran poder a estos allegados) de al-Andalus en aquellos momentos:

Cuando murió el juez de Córdoba Yahya ibn Ya’mar, Abderramán II le pidió a Yahya ibn Yahya (otro personaje de “Mursiyya; El talismán del Yemení”, por cierto) que lo sustituyera. Pero este se negó y el cargo quedó desierto porque el emir estaba encabezonado en que este, que era su favorito para el puesto, aceptara. Al final tuvo que venir Ziryab a proponerle una solución: que su preferido Yahya le propusiera un sustituto adecuado. Así se hizo y así fue cómo llegó a juez de Córdoba por aquellas fechas Ibrahim ibn al-Abbas.

Reforzó los ejércitos andalusíes y, además de atacar continuamente a los reinos cristianos del norte de la península, hubo de enfrentarse a las incursiones vikingas de la época, dándoles una buena lección a los mayus, tal y como os cuento en mi novela.

Podría contaros más cosas sobre él, pero empezaría a rozar peligrosamente el destripe de mi obra, y como no quiero que pierda emoción la lectura de la misma, hasta aquí me atrevo a llegar.

Un saludo y pronto os presentaré a más personajes reales de Mursiyya ETDY.

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