La exagerada

En serio te lo digo. Son las tantas, supertarde, yo creo que falta poco para amanecer y voy y me cuelo por el morro en un pedazo de bar de copas que ocupa un edificio entero. Hay más gente que en un concierto mundial de la Madonna. El caso es que todos me miran al entrar y me hacen la ola. Entonces veo que en la barra hay varios tíos con pinta de haberse bebido hasta el agua de los floreros discutiendo fuerte y soltándose guantazos con los camareros. Uno lleva unas gafas de pasta enormes, otro una camisa de flores que parece hecha con las cortinas de tu abuela ―sí, la tuya, no va a ser la mía, que la mía tiene mejor gusto que la tuya― y otro unas patillas más espesas que el Mato Grosso ese. De los demás no recuerdo, porque menuda melopea llevaba yo también, que iba más a cuatro patas y arrastrada que otra cosa. El caso es que los camareros, entre hostia y hostia, forcejean con ellos intentando quitarles las copas porque consideran que están más borrachos que los bizcochos que le hacía a Winston Churchill su madre. Entonces, los borrachos, como si fueran un equipo ninja perfectamente coordinado y experto en artes marciales se ponen en posición y rompen botellas y vasos para usarlos como armas, además de sacar navajas y machetes. ¡Hasta uno lleva un AK-47 de esos! Tienen que venir por lo menos diez gorilas, unos armarios de 3×3 con cadenas, metralletas, pistolas, y hasta un bazooka al hombro que lleva uno de ellos. Con eso consiguen acojonarlos y los sacan a patadas y culatazos del local. Un movidón, nena.

Pero eso no es todo, no te vayas a creer, te lo juro por mis muertos. Cuando me echan del bar, porque claro, ya me conoces, yo siempre, pero siempre siempre, soy la última y me tienen que echar porque me quedo agarrada a la barra y me resisto tanto que, al sacarme, dejo marcadas las uñas por todas las superficies que me obligan a recorrer. Bueno, pues el caso es que me meto en la estación de metro de Callao para no llegar tarde al curre, que tú sabes que yo soy super puntual y nunca, pero nunca nunca, llego tarde, y, claro, todo el mundo a esas horas yéndose al curro como yo, pues claro, el andén a tope, no cabe ni un alma. ¡Miento! ¡Miento! De repente en una punta del andén veo un hueco vacío, pero un hueco tope mazo de grande, exagerado, nena. Y me digo, “aunque sea a empujones yo me voy para allá”. Y empiezo a apretar y avanzar, algunos se caen a las vías por mi culpa, pero a mí me da igual, yo sigo que te sigo, codazo por aquí, codazo por allá, un hígado reventado, unos riñones disfuncionales, un bazo a tomar por culo, otra vieja más esclafada en las vías, y total, que llego al hueco y adivina por qué hay esa especie de calva tiñosa en la multitud. Pues sí, porque en el banco de ese tramo están roncando como una manada de toros bravos los borrachos del bar. Y una peste a quesos, nena… ¡Puffff! ¡No me extraña que la gente se aparte de ellos! Se han descalzado los siete, y tienen los zapatos desparramados a su alrededor como una especie de círculo protector contra los malos espíritus. Desde luego que por ahí no hay mal espíritu, ni bueno, que cruce. Y, para colmo, los pinreles, nena, qué asco esos pinreles. Unas troneras en los calcetines que les asoman todos los dedos y hasta el juanete y, si me apuras, el talón. Y la mayoría con unos sabañones y unas uñas negras medio podridas que si se las cortan dejarían el suelo que parecería que alguien acabase de darse un homenaje mortal a base de mejillones. Y mejor no te cuento lo que les gritamos porque no baja de “puercos asqueros malolientes” y lindezas similares y porque tengo que colgar, nena, que con tanto hablar me va a venir una factura del móvil de por lo menos cinco mil euros, que si no te ibas a enterar de cada cosa…

Relato perteneciente a mi proyecto: Ejercicios de estilo.

Resto de ejercicios pinchando aquí.

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