Ironía

¿Entrar yo en un bar? ¿Pasada la medianoche? ¡Ni borracho se me ocurriría! Para que esté vacío. ¡Si a esos sitios no va nadie! Y si hay alguien está en la barra, sobrio, bien afeitado y con una camisa chulísima. ¡Seguro! Y el camarero, sin duda, estará poniéndole una copa detrás de otra con la intención de emborracharlo mientras el cliente se niega denonadamente, como si lo viera. Y por mal que se portara y por muchos vasos que pudiera romper al rechazar las bebidas espirituosas que se le ofrecen, sé de buena tinta que los vigilantes del local jamás lo expulsarían del mismo, que ellos no están ahí para eso, hombre.

Y luego, al día siguiente, cuando ni el lechero se hubiera levantado, estaría en la estación de Callao por gusto, sin esperar al metro ni, mucho menos, intención alguna de ir a trabajar, no vayan a pensar ustedes. Vería entonces al sobrio de ayer en un banco del andén, despierto y espabilado por haberse bebido siete botellas de agua sin gas él sólito a lo largo de la noche. ¡Campeón! Su calzado bien encajado en sus pies nos privaría de la bella y grácil visión de sus impolutos y recién estrenados calcetines nuevos que tan graciosamente cubren sus correspondientes dedos, inclusive los gordos. Tan inigualable su apostura tras una noche en blanco que todos se arremolinarían a su alrededor y lo cubrirían de alabanzas y reconocimientos, créanme ustedes.

Relato perteneciente a mi proyecto: Ejercicios de estilo.

Resto de ejercicios pinchando aquí.

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