El rey

Tomo posesión de un bar de copas pasada la medianoche. Hay muho plebeyo de todo tipo a los que obligo a besar mi mano por riguroso orden de prelación. En la barra, un súbdito con anteojos de pasta, camisa de flores y patillas algo difusas, discute con el mesero. Este, dado el estado de embriaguez de aquel, se niega a servirle más bebidas espirituosas —las reservan para mí, obviamente, no se vaya a agotar mi brebaje favorito— y el borracho rompe un vaso contra el mostrador, por lo que es expulsado del local por los esbirros del mismo. Eso me recuerda que, a la vez, todos los allí presentes son también mis esbirros. ¡Ah!, qué satisfacción…

Al día siguiente, demasiado temprano para mi gusto —debor ir en hora punta, de modo que haya muchos súbditos que me vean hacer algo y corran la voz por todo el reino—, me toca trabajar inaugurando unas futuras obras en la estación de metro de Callao. Entonces, veo al mismo tipo durmiendo en un banco del andén, ¡un banco de mi reino!, como si fuera suyo. En el suelo sus zapatos y en sus pies unos calcetines agujereados por los que asoman ambos dedos gordos. Con su actitud me resta protagonismo, pues los demás están más atentos a mantenerse alejados del tipo que a rendirme pleitesía a mí y, encima, murmuran sobre él en vez de alabar y celebrar mi magnánima presencia allí. ¡Que le corten la cabeza!

Relato perteneciente a mi proyecto: Ejercicios de estilo.

Resto de ejercicios pinchando aquí.

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