Teleoperador/a

Llamo a un bar de copas pasada la medianoche para ofrecerle al dueño un descuento si se pasa a la compañía para la que trabajo. Podía haber llamado a la hora de la siesta, que es lo habitual, pero dado el tipo de negocio supuse que no estaría abierto. Por el ruido cuando responden presumo que está a rebosar de gente de lo más variopinta. Ay, si el que me ha cogido el teléfono, que debe de ser el de la barra, quisiera después pasarle mi llamada a cada uno de sus clientes…

—Buenas noches, le llamo de…

—Querrá decir buenas madrugadas —me interrumpe el presunto barman.

—Disculpe usted, buenas madrugadas —el cliente siempre tiene la razón, nos lo inculca reiteradamente nuestro jefe de grupo—. Mi nombre es…

—Perdone un momento, que hay aquí un tipo con gafas de pasta, camisa de flores y patillas difuminadas que requiere mi atención inmediata ya que aparenta estar un tanto beodo.

—Pero…

Escucho el ruido que hace el teléfono al ser depositado sobre algún mueble y quedo a la espera, a ver si regresa el amable camarero. Presto atención y lo escucho negarse a servir más bebidas espirituosas al borracho que reclamaba su atención. Ay, lo que daría yo ahora mismo por un gin-tonic. No se imaginan ustedes lo duro que es esto de ser teleoperador/a. Un momento, ¿he oído bien? Eso parece el ruido de un vaso al romperse. Y luego gritos, y la voz del borracho alejándose cada vez más. Sin duda, los gorilas del local están arrastrándolo hacia el exterior del mismo.

—¿Oiga? Oiga. ¡Oiga!

Intento atraer la atención del camarero pero el chunda chunda del bar, unido al bajo volumen del auricular de su teléfono le impiden escucharme. Debería esperar a que el cliente dé por finalizada la llamada y no consigo que me atienda para proceder a dicho trámite. Menudo puro me va a caer, pero es que no tengo más remedio que colgar, tampoco me puedo pasar la noche, perdón, la madrugada, esperando que el tipo se acuerde de que se dejó una llamada en espera. Y, además, tengo unos objetivos de ventas que cumplir. Debo llamar a otro. Así que, con una lágrima resbalando por mi mejilla, finalizo la llamada y miro a mi alrededor. Cientos de teleoperadores trabajan en esta planta del edificio haciendo lo mismo que yo y tengo ganas de pegarme un tiro. En fin. Marco el siguiente número.

Por la mañana, temprano, salgo del Call Center (¿a qué suena súper mega guay lo de Call Center? Pues es una mierda pinchada en un palo, que lo sepáis), y entro a esperar el metro en Callao para ir a trabajar a otro Call Center (la mierda de sueldo obliga al pluriempleo). De repente, en la estación veo a un tipo que responde a la descripción telefónica que el camarero me dio del borracho violento. Está durmiendo en un banco del andén. En el suelo sus zapatos y en sus pies unos calcetines agujereados por los que asoman ambos dedos gordos, dedazos redondos y ennegrecidos que me recuerdan al micrófono de los auriculares de mi trabajo. Siento una arcada y aparto la mirada, temiendo sustituirle en algún momento de un futuro no muy lejano. Entonces veo que los demás procuran mantenerse alejados del tipo y murmuran sobre él. No me extraña.

Relato perteneciente a mi proyecto: Ejercicios de estilo.

Resto de ejercicios pinchando aquí.

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