Sergio Reyes Puerta

El monasterio – Luis Zueco

El monasterio

Luis Zueco

RESEÑA

“Siempre son los detalles, incluso los más insignificantes, los que enseñan el camino de la verdad”

Aunque no es su última novela, pues en este 2020 salió “El mercader de libros” (ya la tengo en cola), tuve el gusto a principios de año (en un confinamiento que os sonará de algo) de leer la penúltima obra de Luis Zueco, “El monasterio” (ya sabéis que normalmente programo la publicación de estas entradas con mucha antelación, esta es la prueba de ello) y aquí tenéis mi humilde reseña. Se trata de una novela histórica en la que el autor nos introduce en la vida de un monasterio del Císter en pleno siglo XIV para resolver un misterio lleno de mentiras que habrá que ir destapando poco a poco hasta dar con la verdad.

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Como Santiago Hernández, en su novela (también histórica) “La conjura de la Santa Espina“, Luis Zueco sitúa (y desarrolla) la acción de esta trepidante novela en tiempos  de la guerra civil castellana entre los hermanos Pedro (el cruel según sus enemigos, el justiciero según sus simpatizantes) y Enrique de Trastámara, cuando Bertrand du Guesclin (ya sabéis, ni quito ni pongo rey…) campaba con sus hombres por la zona geográfica de “El monasterio”. Dicha zona corresponde, concretamente, al monasterio de Veruela y sus alrededores, al pie del Moncayo, donde se encontraban las fronteras de tres reinos: Castilla, Navarra y Aragón. Pues bien, en la puerta de dicho Monasterio se anuncia como notario real un recién llegado justo cuando se acaba de cometer un crimen. Esto dará la oportunidad a Luis Zueco de hacernos reflexionar, a lo largo de las más de quinientas páginas de su obra, sobre el mal y el bien, del que nos va presentando breves análisis y alternativas entre religiosas y filosóficas al respecto, y siempre al hilo de la trama que va elaborando con su pluma para que no nos sintamos fuera de lugar en ningún momento:

“Recordó las palabras del hermano Timoteo: «El bien puede existir sin el mal, pero el mal no puede existir sin el bien.»
¿Qué quería decirle exactamente con ellas? En una comunidad como la de Veruela, donde la oración era esencial, donde se buscaba tanto acercarse a Dios, la bondad, el trabajo; en definitiva, el bien, ¿podía haber surgido algún tipo de maldad? Puede que esa fuera la clave.
«Y ¿qué puede buscar el mal en un monasterio? ¿Qué es lo que tiene este lugar de atractivo?
»Quizás algo que todos los hombres desean.»”.

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Según iba leyendo esta novela histórica no solo me encontraba inmerso en una realidad medieval bien expuesta sino que, además, iba descubriendo reminiscencias de “El nombre de la rosa” y de Agatha Christie, pues el recién llegado a esta abadía del Císter se encuentra con el encargo de tener que resolver un crimen atribuido a uno de los monjes. Esta situación delimita su trabajo de investigación a un reducido número de sospechosos en un espacio cerrado, tal y como sucede en algunas de las mejores obras de la maestra Agatha. Nada es lo que parece ni mucho menos lo esperado, pues el protagonista de esta obra, en realidad, iba a las faldas del Moncayo con otra misión muy distinta: recuperar los restos de un príncipe heredero (Alfonso, hijo de Jaime I el Conquistador) y trasladarlos a otro monasterio en Huesca, cosa que también se complica al haber desaparecido dicho cuerpo de la tumba existente en el templo benedictino. Así que, el lector se va a ir encontrando con una serie de misterios interrelacionados que lo van a tener muy entretenido durante la lectura de la penúltima novela de Luis Zueco. Además, podrá ir conociendo el estilo de vida y las dependencias de un monasterio cisterciense como el de Veruela y descubrir los inicios de una denominación de origen vinícola que, al menos yo, no había oído nombrar nunca pero que ahora me apetece un montón probarla: Campo de Borja.

Bizén salió de la capilla de la torre y recorrió todo el empedrado,  que tan bien se conocía ya. Llegó al acceso a las dependencias monacales y entró para girar enseguida a su izquierda. La cilla estaba abierta y de ella salía el cocinero con un saco de grano, le miró con mala gana y se hurgó en la nariz con uno de los dedos. Bizén rezó para que se las lavara antes de empezar a cocinar.

Dio varios pasos por el interior. El olor a vino era intenso y delicioso. El decano Esteban estaba junto a las barricas, extrayendo el preciado tesoro de una de ellas mediante un tubo de reducidas dimensiones, que vertía en un cuenco.

Las amantes de los monjes, misteriosos prisioneros extranjeros y batallas libradas contra el monasterio de Veruela son otros de los elementos que van adornando las páginas de esta novela para deleite del lector, completando y redondeando una trama bien construida e hilada en la que cada capítulo nos reserva una sorpresa y nos empuja a leer el siguiente. Y si a los misterios expuestos más arriba y que ya se vislumbran en los primeros capítulos del libro (así que, tranquilos, que no os he destripado nada ni lo voy a hacer ahora) le sumamos la magia de una montaña como el Moncayo y las creencias y supersticiones asociadas a la misma, que también decoran el texto de “El monasterio”, obtenemos una novela histórica con rigor, atractivo y tensión que nos engancha desde las primeras páginas. Y en la que, como digo, se nos destapa algunas de las leyendas de la zona, como cuando una tal Inés nos describe, durante una conversación con las demás lavanderas, las arraigadas creencias de los pobladores de la zona en aquella época:

“―El Moncayo es una montaña mágica. (…) Existen cuatro espíritus elementales cuya morada está en los cuatro elementos: los silfos, que pueblan el aire; las salamandras, que se hallan en el fuego; los diablillos, que moran en las profundidades de la tierra, y las ondinas, que viven en el agua. Estos dos últimos son los que viven en el Moncayo. (…) Cuando el Moncayo se cubre de nieve, los lobos arrojados fuera de sus guaridas, bajan en manada por su falda, aullando como bestias. Aun así, no son los lobos los habitantes más terribles del Moncayo; en lo profundo de sus simas, en sus cavidades y abrigos, dentro de su hueco manto, viven unos seres demoniacos que en la noche salen de sus entrañas y bajan por sus vertientes como un enjambre de abejas. Saltan de roca en roca, se mecen en las ramas de los árboles y salpican las aguas de los arroyos. En ocasiones hacen grandes bolas de nieve que arrojan desde la cumbre del Moncayo, arrollando y arrastrando todo a su paso”.

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Estamos, por tanto, ante una novela histórica en la que se entremezclan varias voces, en pasado y tercera persona, que tratan de cumplir con diversos objetivos que el lector hará suyos, como descubrir al monje asesino o recuperar los restos de un príncipe heredero para trasladarlos al lugar que él mismo designó para su reposo en su testamento. Escrita con fluidez, presentada con un tamaño de letra muy agradable a la lectura y con un estilo ameno y trabajado, esta obra de peso nos deleitará desde el principio hasta el final incluso a los aficionados a la novela negra, pues aún estando clasificada en el género histórico, lo cierto es que puede atraer igualmente al lector de policíaca y detectivesca, pues el protagonista no deja de ser en ningún momento un sagaz investigador que persigue a un misterioso criminal en un mundo que le es desconocido. Recomendable cien por cien. A disfrutarla y…

…hasta la próxima reseña.

Ficha técnica:

Editorial: Ediciones B. Penguin Random House Grupo Editorial.

ISBN: 978-84-666-6312-0

Edición: Primera edición

Formato: Papel

Género: Novela histórica

Traducción: No procede

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