El dolor de los demás – Miguel Ángel Hernández

El dolor de los demás

Miguel Ángel Hernández

RESEÑA

“Han entrado en la casa de la Rosario, dice tu padre desde la habitación de al lado, han matado a la Rosi y se han llevado al Nicolás”.

Recuerdo que de muy jovencito, cuando ya en mi mente se perfilaba la posibilidad de escribir algún día una novela, leí o escuché en algún sitio donde daban consejos para escritores que lo último que se debe hacer es escribir sobre uno mismo. Que eso, tu vida, no le interesa a nadie y  que un libro basado en ella será un fracaso total. Cada vez estoy menos de acuerdo. Y la puntilla a esa máxima se la ha dado la lectura de “El dolor de los demás”, de Miguel Ángel Hernández (leída y reseñada en 2019 aunque por la programación del calendario de mi blog, como muchas otras entradas, no ha podido salir hasta ahora). Porque la cuestión no está en si cuentas tu vida personal o te inventas un mundo literario imaginativo y creativo (al final, todo está lleno de nosotros, de nuestra esencia, de nuestra biografía), sino en algo que ya sabíamos hace mucho tiempo: en el cómo lo cuentas.

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Partiendo de un suceso real muy cercano al autor (tranquilidad, no voy a destripar nada aquí, tan solo os remito a la cita textual que sitúo más arriba, justo al inicio de la reseña y que recoge el incipit, la primera frase de esta novela), “El dolor de los demás” nos narra  con soltura los acontecimientos relacionados con dicho drama. Y es que Miguel Ángel Hernández, como digo, lo cuenta de esa manera en la que solo pueden hacerlo unos pocos: ágil, amena, adictiva e interesante. De hecho, he leído muy pocas novelas en una sola sentada y esta es una de ellas. Fue despertarme un domingo temprano y sin salir de la cama abrir el libro, ponerme a leerlo, leer, leer, desayunar, leer, leer, comer y terminarlo. Y con el placer añadido de que nadie controle lo que hago o dejo de hacer, como ocurre ahora tan a menudo con las redes sociales, lo que recoge muy acertadamente el escritor murciano en este fragmento:

“Todo era una especie de déja vu. En realidad, de eso era de lo que había huido. De ese control, de esa pulsión de chisme, de esa especie de derecho que parecen tener los otros a preguntar y a ordenar la vida ajena, y sobre todo de esa necesidad de justificación constante de las cosas que uno hace. Ahora, cuando escribo esto y miro de reojo mi perfil de Instagram y mis tuits, sé que no he escapado del todo, que sigo controlado, que continúo dando explicaciones de mis viajes, mis cenas, mis lecturas, mis acciones…, que aquel sistema de vigilancia se ha convertido en algo mucho más que extremo. La única diferencia es que ahora soy yo quien se expone directamente a los demás. Ya no es necesario que pregunten. Yo soy mi propio centinela”.

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Pero no solo te gustará leer esta novela por el mero hecho de ser lector. También disfrutarás con el ejercicio de metaescritura o metaliteratura que de algún modo Miguel Ángel va engarzando entre las líneas de esta novela con la que, por cierto, ganó el premio Libro murciano del año 2018. La trama se va llenando de referencias y anécdotas sobre su relación con lectores y otros escritores, la farándula literaria o la tarea de escribir que tanto nos gusta a los que a esto nos dedicamos. En la siguiente cita del libro veis un ejemplo de lo que digo y que, a fin de cuentas, no desvela nada de su obra (siempre evitando el odioso spoiler):

“El tanatorio de Alquerías lo construyeron a las afueras del pueblo, rodeado de limoneros, a unos pocos kilómetros de donde siguen viviendo mis hermanos. Cuando mi  padre murió, aún no habían comenzado las obras y tuvimos que velar su cuerpo en la ciudad. El trayecto de mi madre fue mucho más corto. Apenas unos minutos entre la casa en la que se desplomó y el escaparate refrigerado frente al que la acompañamos un día y una noche. Escribí un libro para no olvidar esos momentos amargos. Un cuaderno sobre la muerte y el duelo. La escritura me sirvió como barrera. Y las palabras consiguieron frenar las emociones. Ahora, mientras escribo este párrafo, me doy cuenta de que este libro también está lleno de muertes. De muertes y de lugares de duelo. Es, una vez más, un texto luctuoso. La muerte reclama su sitio en todo lo que escribo”.

Que no os asusten las referencias a la metaescritura de las que hablo más arriba. Siendo  esta una obra de orden literario resulta amena y agradable de leer, pues es literatura de la de verdad, de la buena, sin aspavientos innecesarios. En sus páginas la intertextualidad con la que se maneja el autor juega un papel mágico en los lectores que sabrán apreciarla como merece. Ya sea porque Miguel Ángel haga referencias literarias a uno de sus valedores (Vila-Matas) a través del Bartleby de Herman Melville y nos erice los pelos  (aunque quizás “preferiría no hacerlo”) o por cualquier otro detalle entre líneas que no os voy a desvelar ahora, gozaréis al encontrar esas pequeñas joyas con las que se divierte el profesor Hernández al escribir. En fin, que si lo leéis, naufragaréis entre las hojas de “El dolor de los demás”:

“Hoy, tiempo después, cuando este libro ha comenzado a escribirse y ya no hay vuelta atrás, pienso que si el azar hizo que me encontrase aquel día con Juan Alberto, no fue para convencerme de que esta era la historia que tenía que contar, sino todo lo contrario: para disuadirme, para advertirme de que hay aguas que es mejor no remover, lugares a los que es mejor no entrar, que no todas las historias tienen por qué ser contadas, que escribiendo no siempre se gana, que a veces también naufragamos ante el dolor de los demás”.

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En resumen, buena literatura, juegos literarios de intertextualidad, amenidad y continuidad (elemento también muy importante en la escritura de calidad) dan a esta obra mimbres para que su lectura se convierta en imprescindible (cuentan los rumores que también estuvo en la lucha por el “Premio nacional de literatura”). No lo olvidéis y no dejéis de comprarlo y, sobre todo, leerlo.

Ficha técnica:

Editorial: Anagrama

ISBN: 978-84-339-9857-6

Edición: Quinta edición (marzo 2019, la primera fue en mayo 2018).

Formato: Papel

Género: Autobiográfico, drama, ficción literaria.

Traducción: No procede

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