Más sobre Ziryab (personajes reales)

Como sois muchos los que me habéis pedido saber más sobre tan entrañable personaje de “Mursiyya; El talismán del Yemení” (el conocido cantor apodado “El mirlo negro”) me he animado a ampliar información sobre él en un nuevo artículo. El anterior lo tenéis disponible clicando esta frase (para tener los datos más básicos de Ziryab).

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Evitaré, como siempre intento, no destripar demasiado sobre mi novela, y para ello me centraré en contar cosillas de las que, por diversos motivos (necesidades de la trama y no querer excederme ni en la longitud de mi obra ni en el número ya de por sí amplío de personajes, entre otras razones), no tuve lugar a escribir en su día. Ahí voy:

Ziryab se educó en Bagdad (esto se cuenta en mi novela), por lo que recibió una solida formación en todas las ciencias. Tenía, por tanto, conocimientos de astronomía, astrología y geografía, además de dominar la música y el canto hasta el punto de tener memorizados, según cuentan, unos diez mil fragmentos de canciones con sus melodías y punteos (según Ptolomeo, inventor y autor de los acordes, este sería el número límite posible, como no entiendo tanto de música no puedo corroborarlo). En Córdoba, además, fundó una escuela de música en la que perfeccionó su propio método de enseñanza.

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Tuvo al menos ocho hijos y dos hijas, heredando los diez su profesión de cantor, así como algunas de sus esclavas continuaron también con dicha labor.

Introdujo en al-Andalus, además de muchas recetas y costumbres culinarias (cuento varios ejemplos reales en Mursiyya), el consumo del espárrago que, por lo visto, no se consumía por aquel entonces a pesar de crecer abundantemente en la zona.

Como quiera que a su llegada a la corte del emir andalusí Abderramán II este le pusiera un sueldazo de doscientos dinares al mes (cuando otros cantantes del emir como el judío Abu Nasr Mansur ibn Abi l-Buhlul, Abu Ya’qub, Hasan al-Qarawi y Hasan al-Hilli ganaban unos diez dinares al mes), Ziryab se enriqueció de tal manera que provocó las envidias y celos de muchos andalusíes.

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Un ejemplo claro fue el día en que, tras cantarle una bella poesía al emir, recibió como recompensa un extra de mil dinares (tan extasiado había quedado el insigne gobernante con el poema). A raíz de aquello el alfaquí Abd al-Malik ibn Habib le declaró su envidia mediante unos versos en los que se quejaba de estar mal pagado a pesar de ser superior a Ziryab (claro, esto lo decía el propio interesado, que no digo que no tuviera razón el hombre, pero no lo considero un testimonio muy objetivo).

En fin, que fueron tantas las quejas que recibió el emir por el alto coste que suponía a las arcas públicas el pago a Ziryab que Abderramán decidió pagarle sacando la pasta de su propio patrimonio. Todo un privilegio para nuestro querido cantor.

Y quizás os preguntaréis qué hacía el mirlo negro con tanto dinero. Pues lo repartía de inmediato entre sus hijos y esclavas. Al menos tenía su punto generoso.

O no tan generoso, pues un poeta llamado Mu’min ibn Said, le dedicó unos versos satíricos en los que le acusaba de que  (a pesar de sus riquezas) usaba azache, una seda de “segunda división”. Y tampoco parecía tener buen olor nuestro Ziryab si nos atenemos, claro está, a este poeta que le tenía ojeriza (lo que tampoco lo convierte, probablemente, en la fuente más fiable): en el mismo poema en el que hablaba de su vestimenta baratera hablaba también del mal olor de sus axilas.

Algún poeta envidioso, como Yahya ibn al-Hakam al-Gazal, se ganó el destierro por sus comentarios. Esto convierte a nuestro cantor en un chivato que acudía al emir con el cuento de las injurias recibidas para que el regio gobernante ordenase el castigo correspondiente.

De todos modos no todo fueron envidias. El cantante antes mencionado, el judío Abu Nasr Mansur, mantuvo una gran amistad con él, aún a pesar de la diferencia de sueldos. En honor a la coherencia este judío no podía reprocharle nada ya que, de hecho, fue él quien intercedió ante Abderramán II para que fichara al mirlo negro. Estaría bueno que después de patrocinarlo ahora se quejase de las condiciones ventajosas de su contratación. Supongo que era un tío coherente y deduzco que también Ziryab le agradecería su apoyo compartiendo con él algún porcentaje de sus ganancias, pero esto  último ya son especulaciones mías. El caso es que este fue el único cantante de otros estilos de al-Andalus al que Ziryab se dignó a enseñarle sus nuevos modos, imagino que en honor a la amistad que los unía.

Pero querría contar aquí la curiosa amistad que tenía con un poeta llamado Abd Allah ibn al-Simr, que llegaba a tal punto que Ziryab usaba muchos de sus poemas en sus canciones. Sin embargo, no todo fue perfecto entre ellos. Como quiera que el tal Abd Allah era un bromista empedernido se pasaba el día haciendo chanzas de todo lo que le rodeaba, Ziryab inclusive. Ofendido el mirlo negro por estas bromas fue a dar queja al emir, que encarceló al poeta amigo con la condición de que el mismo Ziryab indicase cuándo había de ser liberado el reo. El mirlo negro lo mantuvo a la sombra un tiempo antes de pedir su liberación. Aún así el poeta bromista no dejó de practicar sus gracias con Ziryab. Una de las más sonadas sucedió cuando acompañaban a Abderramán II en una cacería de urracas. Como no apareciera ninguna, el emir pidió que alguien le trajera una urraca y el bromista Ibn al-Simr le advirtió al gran gobernante que ya tenía una cerca. El emir preguntó dónde estaba esa urraca de la que hablaba y el graciosillo poeta le dijo que la susodicha ave era Ziryab (recordemos que era negro y le llamaban mirlo) y añadió que, para que fuese una urraca inconfundible, debía untarle a nuestro querido cantor requesón en el trasero y en las axilas. Tras el desternillamiento (según las crónicas) de Abderramán, Ziryab aceptó la broma, reconoció que aquel poeta era así de cachondo y puso a Dios y a los presentes por testigo de que no volvería a reprocharle nunca nada, dijese lo que dijese de él. Con esto quedaba definitivamente sellada su mutua amistad, aún después de haberlo enviado prisionero tiempo antes.

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Terminaré contando un secretillo referente a mi novela y la forma de escribirla. Aunque los historiadores proponen dos fechas para la muerte de Ziryab, sin existir consenso en cuanto a la fecha auténtica, yo opté como licencia literaria por escoger la más tardía de las dos (no voy a desvelarla aquí, solo diré que una escena del libro no habría podido suceder si hubiera escogido la primera opción, y como no se sabe con seguridad cuál de las dos es la buena me he podido permitir dicha licencia). Como he dicho en varios foros, en mi obra he procurado ser lo más fiel posible a los datos que la historia nos proporciona y respetarlos en la medida de lo posible, aunque en algunos casos haya tenido que tomar decisiones de este tipo, como cuando ubiqué la ciudad de Iyyuh en una de sus posibles ubicaciones y no en otra (aunque de eso hablaremos en algún futuro artículo).

Espero haber saciado vuestra curiosidad sobre Ziryab con esta entrada. Hasta la próxima.

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