El inquilino – Javier Cercas

El inquilino

Javier Cercas

RESEÑA

“La valentía no consiste en no tener miedo: eso se llama temeridad; la valentía consiste en tener miedo, luchar contra él y vencerlo”.

Reseña publicada en Masticadores de letras Focus.

El inquilino es una de las primeras obras de Javier Cercas. Recuperada recientemente, nos muestra la prosa inicial del premio Planeta 2019. Se trata de una obra de narrativa escrita durante su estancia en Estados Unidos, cuando trabajaba en la universidad de Urbana, Illinois, al principio de su carrera literaria. Cuenta el propio autor en el prólogo que, durante años, los nuevos profesores que llegaban a trabajar en el mismo departamento en que lo había hecho él, incluso después de su marcha, corrían a la biblioteca a leer su libro para ambientarse. Pensaban que así podrían conocer a sus nuevos compañeros de trabajo, aunque el propio escritor aclara que no se trata de meros trasuntos de los personajes reales. Esto último no quita para que el director del departamento hiciera desaparecer el libro de las estanterías de la biblioteca para siempre jamás.

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La lectura de El inquilino es ligera y amena. El protagonista es un profesor italiano de fonética llamado Mario, que trabaja en la mencionada universidad de Urbana. En un rutilante juego de espejos la historia de este personaje se hilvana y deshilvana con la habilidad de un avezado costurero y nos traslada a otros tiempos en los que no había móviles ni muchos de los medios ahora existentes, la época en que Javier Cercas trabajaba de profesor en ese mismo departamento universitario. Por ello le han preguntado muchas veces si se trata de una narración autobiográfica, a lo que, con las  pertinentes reservas y acotaciones, responde que de alguna forma sí lo es, pues su propia experiencia vital le ha servido para escribirla y muchas de las cosas que cuenta sucedieron, aunque quizás de otra forma o en otros personajes. Es tanto así que el lugar de trabajo y el apartamento en los que el protagonista ―italiano, eso sí, para que no sea un trasunto perfecto del propio escritor― vive, son los mismos en los que se movía don Javier mientras plasmaba la trama en el papel y la desarrollaba.

Después de dormir la siesta intentó poner de nuevo en orden sus ideas. Reconsideró las hipótesis que había formulado; aventuró otras. Todas le abocaban a una curiosa operación: cada uno de los motivos que acertaba a poner en la mente de Berkowickz al concertar la cita se metamorfoseaba en otras tantas razones para no acudir a ella. Esto le llevó a no dar de lado la posibilidad, que en algún momento le había parecido remota, de que Berkowickz, tal y como había declarado en el porche, deseara simplemente conocerlo, conversar con él: al fin y al cabo era cierto que aún no habían tenido oportunidad de cambiar impresiones. «En cualquier caso», concluyó con resolución no exenta de agrado por el implacable rigor lógico con que había encadenado sus razonamientos, «lo que es seguro es que, si no acudo a la cita, Berkowickz va a pensar que no me atrevo a enfrentarme a solas con él».

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Las escenas y frases repetidas de vez en cuando a lo largo de la lectura dotan al texto de un juego de complicidades con el lector y un toque pretendidamente posmodernista que te sumerge en una realidad entre fetichista y casi tan asfixiante como había ―y ha― de serlo una sociedad universitaria perdida en el medio oeste américano, al ámparo de un irritante clima de extremos ―y también valdría para una sociedad universitaria perdida en cualquier rincón de nuestra querida España, por qué no―. Ya dije que los juegos de espejos abundan, y lo hacen desde el punto de vista micro y, también, en el macro ―hasta ahí puedo desvelar―. Pero además, la lucidez de este genio de la palabra, autor entre otros grandes éxitos de Soldados de Salamina, se refleja a lo largo de las páginas, y la transfiere a varios de sus personajes, como el secundario profesor Olalde, uno de los que más me han hecho disfrutar con su actitud. Podemos ver ejemplos de dicha lucidez en algunas de sus míticas ―al menos para mí― parrafadas:

―Ya veo, ya veo ―cabeceó Olalde, torciendo la boca en una mueca que podía ser una sonrisa; hizo chasquear la lengua contra el paladar―. Está resentido. No lo culpo: es normal que ya no confíe en nadie; le confieso que yo tampoco confío en nadie. Y sin embargo le diré una cosa: este país está lleno de gente fantástica. Sí señor: gente emprendedora y saludable, rebosante de optimismo; un poco anodina, y hasta aburrida: eso se lo concedo. Pero déjeme decirle otra cosa, la gran ventaja de este país, algo que hace que me sienta un poco como si estuviera en casa, porque en España pasa lo mismo: aquí no es necesario escuchar a nadie, lo único que hay que hacer es hablar: la gente habla y habla y habla, pero nadie escucha. Comprenderá que para los que somos como yo eso es una delicia. ―Hizo una pausa pensativa, añadió―: Por lo demás le entiendo, joven: los europeos nunca acabamos de acostumbrarnos, la vieja civilización, la experiencia de siglos y todo eso. ¿Ha leído usted a Henry James?
(…)
―¿Y a usted qué le parecen estas fiestas, joven? ―preguntó sin mirarlo―. Llevo no sé cuántos años en este país y aún no he encontrado pasatiempo mejor. ―Gesticulando e impostando la voz, empezó―: Leí su último libro, profesor Fulano. Excelente bibliografía, excelente bibliografía. No voy a negarlo ahora, profesor Mengano; y aún le diré otra cosa: el profesor Zutano me la ha copiado sin rubor en su último libro, que por lo demás está plagado de errores. Por cierto, profesor Mengano, también yo leí su último artículo y debo reconocer que me impresionó la honestidad científica con que refutaba la ridícula hipótesis de ese inveterado y lamentable chapucero que es el profesor Perengano, según la cual la progenitora de Pitarra contaba veintisiete años en el momento de concebir al escritor, cuando es de todo punto evidente, como se desprende de los datos que usted aporta con su habitual modestia, que tenía veinticinco. ―Olalde dio una calada al cigarro, expulsó el humo por la nariz, ahogó una risita; prosiguió―: Montón de mediocres: encuentran un mérito en leer lo que nadie ha querido leer; y al hablar se inflan como pavos, y se creen con derecho a opinar sobre todo porque saben distinguir un manuscrito del siglo trece de uno del siglo catorce. Lo que no entiendo es para qué en este país se empeñan en aislarlos en estos campos de concentración paradisíacos que son las universidades, a cientos de kilómetros de cualquier lugar habitado, en medio del desierto como quien dice. Me imagino que antes la cosa debía tener sentido: ya sabe, el peligro de infectar la sociedad con ideas disolventes y todo eso. Pero ahora, dígame usted, ahora de qué demonios van a infectar la sociedad si no tienen una idea en la cabeza, ni una sola; tienen datos y fechas y estadísticas, pero ni una sola idea. Y no vaya a pensar que yo me creo diferente, no señor: ya me ha pasado la época de ser indulgente conmigo mismo; cuando se llega a mi edad sólo los idiotas y los que tienen vocación de esclavo condescienden a la indulgencia. ―Olalde hizo una pausa, caviloso, como si una idea le hubiera cruzado la mente; luego sonrió de un modo que se quería significativo―: Sí señor, yo soy idéntico a ellos, salvo en una cosa: mientras ellos ni  siquiera son conscientes de la vida insuficiente y mezquina que llevan, porque les ciega la borrachera de vanidad, yo me doy cuenta de que nosotros somos los auténticos bárbaros.

No deja de ser, también, el reflejo de una vida normal, quizás triste y anodina, pero descrita con esa pasión que no te deja indiferente y te hace desear saber más y descubrir los misterios de la extraña relación del protagonista con la chica que quiere ser su novia pero a la que él le pone barreras insistentemente; o con el nuevo profesor y vecino intruso que llega a la par que un percance físico deportivo se aposenta en su tobillo… Es la vida de un europeo en un país ombligo del mundo, donde todo es posible y se añora a la propia patria. Las fiestas decadentes de la comunidad docente universitaria, la problemática del alquiler y los vecinos en un edificio de apartamentos, el aroma suave del medio oeste américano… Ya digo, aún siendo uno de los primeros libros de Javier Cercas, nos encontramos con una lectura rica en matices y técnicas literarias que la adornan con un delicioso buen gusto.

De lo que en cualquier caso no cabía la menor duda era de que Berkowickz no ignoraba la plebeya catadura intelectual del trabajo de Mario ―a no ser que sólo conociera el título del artículo, o que lo hubiera hojeado distraídamente sin llegar a apreciar la indigencia de su contenido. Este hecho, sin embargo, no le preocupaba: si era cierto que ante el propio Berkowickz le colocaba en una situación algo incómoda, no lo era menos que los colegas del departamento (y entre ellos Scanlan, que era en definitiva el único que contaba) no leerían nunca el artículo, como no habían leído los que había publicado con anterioridad ni muy probablemente leerían los que publicara en el futuro; no había, por lo tanto, de qué preocuparse. Por lo demás, tampoco era verosímil, de acuerdo con los razonamientos anteriores, que Berkowickz resultara ser algo más que un primerizo en la profesión; de ahí que cupiera esperar que su trabajo fuera, o bien inmaduro e incipiente, o bien de una mediocridad tan palpable como la del trabajo de Mario. Si a cualquiera de estas dos posibilidades se agregaba el conocimiento que Mario poseía de las reglas explícitas e implicitas que regían la mecánica del departamento, el resultado era que se hallaba respecto a Berkowickz en una posición ventajosa.

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Para terminar, insisto en recomendaros la lectura de “El inquilino”, una novela corta, que se lee en unas pocas horas y que, como ya imaginaréis, hace honor a aquella vieja máxima: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Así que yo tampoco me alargo con la reseña, porque no sé si es buena o mala, pero en el primer caso mejor que sea breve y en el segundo caso, añado a la máxima citada anteriormente que “Y lo malo, si breve, más soportable”. A seguir leyendo, amigos.

Hasta la próxima.

Ficha técnica:

Editorial: Literatura Random House

ISBN: 978-84-397-3581-6

Edición: Abril 2019.

Formato: Digital.

Género: Narrativa.

Traducción: No procede

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