Sergio Reyes Puerta

Amor prohibido

No siempre nacer en una familia poderosa te asegura la felicidad. Y menos en el siglo XVIII. Que se lo digan a Pablo. O a Luz.

Él era pura energía y perfecta fisonomía. Levantaba con un solo brazo tantos haces de leña como los que levantarían entre cinco hombres fuertes. Y cuando cruzaba el pueblo con semejante carga, hombres y mujeres, niños y niñas, se volvían para admirarlo, que no mirarlo; pero no lo hacían por la hazaña que suponía acarrear semejante peso, que también, sino por cómo se marcaban sus músculos y por la paz que transmitían las hermosas facciones de su rostro durante semejante esfuerzo. Sus labios gruesos, sus ojos almendrados, sus cejas espesas y bien delineadas y sus largas pestañas dejaban un rastro de suspiros a su paso. Incluso entre los que se las daban de más machotes que nadie.

No se podía decir menos de la belleza de Luz, que llegó al mundo tres años después que Pablo. Su sonrisa era blanca y radiante, e iluminaba a quienes la rodeaban. Sus padres recibían visitas desde que era casi un bebé, algunas venían desde muy muy lejos. Todos buscaban lo mismo: pactar un matrimonio entre Luz y sus respectivos hijos. No solo los atraían las riquezas y el poder de su familia. También la cada vez más legendaria apostura de aquella niña que crecía con una gracia sin igual. Hasta el rey de aquella nación se habría de fijar, al final, en ella.

Pero Luz solo tenía ojos, desde niña, para Pablo. Y Pablo, prácticamente desde que ella naciera, apenas se separaba de ella. Le gustaba como olía aquella piel de bebé. Disfrutaba viéndola crecer y pasando tardes enteras con ella, jugando, como niños que eran. Y hablando de sus cosas, con la inocencia y pureza que solo una infancia feliz proporciona.

Según fueron creciendo la madre comenzó a espiar aquellos juegos infantiles, cada vez más preocupada según se acercaban a la pubertad. Veía cómo se transformaban las miradas entre aquellos jóvenes según avanzaban en edad. Observaba con horror los silencios incómodamente tiernos que empezaban a formalizarse en aquellas lúdicas sesiones. Por suerte, y sobre todo porque ella habló con el padre e insistió hasta la extenuación, a Pablo se lo empezaron a llevar a trabajar. No tanto por necesidad, puesto que eran los más ricos de la comarca, sino porque conociera el funcionamiento de las propiedades que, algún día, heredaría.

Le tocó hacer de todo, por expreso deseo de su padre, y aquello desarrolló sus piernas, sus brazos y sus espaldas. Y, cuando volvía del trabajo, tras dejar los haces de leña o guardar los bueyes en sus establos, ya anochecido, corría a estar un rato con Luz.

Que estuviera siempre presente la monjita que la acompañaba tratando de transmitirle los modales de una señorita de su categoría no impedía que sus ojos se iluminasen cada vez que Pablo llegaba a verla. La pubertad empezaba a hacer estragos en ella y marcaba sus caderas, sus incipientes pechos y sus poderosas nalgas. Era inevitable que, tarde o temprano, un deseo feroz e irrefrenable se apoderase de ellos.

Y tampoco podía evitarse que la vigilante madre se diese cuenta de los sentimientos que entre ellos crecían y que se diese prisa en pactar un matrimonio con el hijo del rey, casamiento que se materializaría en apenas unos días. Y, claro, del mismo modo, y en consecuencia, era inevitable que, embozada en una oscura capa y, desconfiando de los conocimientos de monjitas y sacerdotes, la alarmada madre acudiera por la noche a casa de la hechicera del pueblo con cabellos de ambos enamorados guardados en una bolsita de cuero de ternera. Tenía miedo de que le arrebatasen la pureza de su hija antes de poder entregarla al príncipe del reino. Pactó con la anciana alquimista un sortilegio que evitara que Pablo pudiera acceder al más preciado tesoro de Luz.

Al día siguiente se anunció el inminente enlace y cuando Pablo conoció semejantes planes de boda, perdió la cordura que, hasta entonces, le había caracterizado. Gritó, pataleó como el niño que ya no era y amenazó con toda clase de barbaridades.

Incluso a los oídos de Luz, encerrada en la recién estrenada celda que sus padres hicieran construir para protegerla, llegaron las voces de su amado. Se echó a llorar en su camastro, sabedora de su triste destino. Recordó que de niños se abrazaban y se cogían de la mano con infantil inocencia, pero ya hacía años que la presencia constante de la monjita había impedido cualquier tipo de contacto físico y su corazón y, sobre todo su piel, ardían de deseo. Lloró toda la madrugada hasta que, sin saber ni importarle cómo, cuando empezaba a amanecer escuchó la voz de Pablo sobreponerse a los crujidos del cerrojo al girar. Se giró, con la vista aún empañada, y lo vio junto a la puerta abierta con su fuerte brazo extendido hacia ella.

―Huye conmigo, Luz.

*      *      *

La hechicera se levantó de la piedra en la que había estado sentada, observándolos. En su quietud, Pablo y Luz se dejaban mecer por el viento. Habían sentido a sus padres buscándolos por allí en infinidad de ocasiones, sin ni siquiera fijarse en ellos. La madre nunca se atrevió a contarle al padre que había contratado a la maga para evitar que sus hijos pudieran yacer entre ellos, pero sí le reprochó, frente a ellos, el no haberlos bautizado con el nombre que aquella anciana les sugirió el mismo día de cada parto: Zeus y Hera. Sostenía la desconsolada madre que, quizás así, aceptando semejante destino en lugar de luchar contra él, hubieran sido todos felices. Los padres y los dos amantes transformados en árboles, por culpa del maldito hechizo, al intentar hacer realidad su amor. Los dos amantes cuyo único pecado fue, quizás, el de ser hermanos y haberse enamorado.

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: